“Estoy muy feliz con la vida que tengo”

Guadalupe Lobo Marquez es numeraria, tiene 27 años y vive en Torrealta, una escuela de hotelería-residencia para chicas del interior que vienen a estudiar a Buenos Aires en Palermo. En el 2004 se fue a vivir a Chile para estudiar Administración de Servicios, una carrera que proporciona las herramientas necesarias para hacer de las actividades domésticas un trabajo profesional y de la casa un hogar.

De Argentina

¿Cómo te acercaste al Opus Dei?

Cuando estaba en el colegio, en primaria, una amiga me invitó a unas actividades para chicas en un club llamado Montes Grandes, en San Isidro. Según las edades teníamos clases de cocina, de cerámica, nos enseñaban a tocar la guitarra. Después de esto siempre nos daban una pequeña charla sobre virtudes. Allí empecé a conocer a chicas de mi edad que estaban en lo mismo que yo, que trataban de rezar el Rosario, iban a Misa todos los días.

Estando en séptimo grado me propusieron asistir a charlas de formación cristiana, lo cual me pareció muy interesante. En el colegio tenía catequesis pero no sabía cómo hacer vida lo que me enseñaban en esas clases, en cambio en estas charlas lo encontré. Nos ayudaban a vivir las virtudes, a ser buenas hijas, buenas hermanas, a ser ordenadas… y todo eso empezó a gustarme. También empecé a charlar y confesarme con un sacerdote y todo eso hizo que viviera un poco más en serio mi vida de cristiana.

¿Cómo descubriste que tu vocación era ser numeraria?

Toda mi vida hice mucho deporte porque me apasiona. De chica hacía natación, jugaba al vóley y al hockey en el SIC (San Isidro Club), pero creo que fue en el hockey donde vi mi vocación más claramente.

Hay un mensaje de la Obra que para mí en ese entonces era novedoso y me gustó mucho. Es el hecho de no sólo ofrecer a Dios las contrariedades de la vida para ganarse el Cielo, sino también las cosas buenas que nos pasan cotidianamente. Había escuchado frases como “si te duele la cabeza, ofrecelo”; “si te bocharon en el colegio y habías estudiado, ofrecelo”. Pero yo descubrí en la Obra que lo bueno también lo podía ofrecer y ganarme así el Cielo. Me acuerdo de que me deslumbré cuando entendí que jugando un partido de hockey y poniendo el mismo esfuerzo que ponía siempre, me podía ganar el Cielo: hacerme santa. Eso para mí fue un mundo nuevo y alucinante, lo quería para mí porque me gustaba jugar al hockey y, además, con eso podía acercarme a Dios, eso era lo mío.

Se me abrió un horizonte muy positivo, muy animante y muy atrayente también. Ver que me podía hacer santa con lo que me gusta me cambió la vida y ahí empecé a tomarle más gustito a la Obra. Empecé a rezar más, hablar más con Dios y después de hacer un curso de retiro de tres días, que los dediqué más especialmente a rezar, noté que Dios me pedía que fuera numeraria.

En el SIC, con compañeras de hockey

¿Cuántos años tenías cuando decidiste ser parte de la Obra?

Con 15 años descubrí la vocación, vi que Dios me pedía esto, pero tenía 16 años cuando me decidí. Al principio me daba susto, yo soñaba con ser una madre de familia numerosa; entonces no encajaban los planes de Dios con mis planes. Me acuerdo de que le dije al sacerdote en ese retiro que me parecía que Dios me estaba pidiendo que fuera numeraria y a mí me dio muchísima tranquilidad escuchar cómo él me dijo: “Bueno, vos quedate tranquila, si Dios lo quiere para vos, tomátelo con calma, rezalo, no te apures”. En ningún momento me sentí perseguida ni apurada por nadie.

Estaba con esta inquietud de la llamada de Dios, sabía que me pedía algo, pero no terminaba de entender bien qué era. Yo pensaba que las numerarias no se encargaban de las cosas de la casa (creo que no me planteaba cómo hacían para mantener siempre limpia y ordenada su casa, ni quién cocinaba…) y eso no me cerraba mucho, porque a mí las tareas domésticas me gustaban –y me gustan- mucho. No terminaba de entender que Dios me pidiera algo donde el hogar no fuera importante. Pero un día que no tuve clases en el colegio pasé por el Centro de la Obra a visitarlas y para mi sorpresa la que me abrió la puerta tenía un plumero en la mano y un delantal. Me acuerdo como si fuera hoy que en ese momento entendí que los centros de la Obra son casas, hogares, no pensiones ni nada que se le parezca, porque las personas que viven en cada centro cuidan de esa casa. Con esto vi claramente que Dios me pedía eso a mí.

¿Cómo vinculás el deporte con una vida cristiana en serio?

Una de las cosas que escuché por primera vez cuando empecé a ir a centro de la Obra es hacer las cosas hasta el final: poner las últimas piedras. Para mí jugar al hockey fue clave en esto. Es fácil empezar a trotar los 40 minutos que tenemos que correr para entrar en calor, pero no es tan fácil llegar hasta el final. Corremos 35 o 37 minutos y los 40 los completamos caminando, pero trotar todo, hasta el final… Ahí descubrí que uno se puede ganar el Cielo con lo que le gusta, pero hay que poner esfuerzo. Entonces, ¿por qué se puede ofrecer esto? Porque a Dios le gusta, lo hago aunque nadie más lo vea, lo hago porque Dios lo espera. Además, al ser un deporte en equipo, hay que pensar en el resto. Yo fui la capitana y eso te ayuda a mirar más a las demás, ver qué necesita la otra, darles ánimo. Pienso que Dios se sirvió de esto para que yo viera que me quería para El y para dar lo que tenía y lo que iba a recibir. Tenía todo por recibir y tenía que darlo a las demás.

¿Cómo reaccionó tu familia ante la noticia?

La familia entera

Mis padres son supernumerarios y lo recibieron bien aunque, por supuesto, les costó. Cuando le conté a mi mamá que quería ser numeraria, me dijo: “yo siempre rezo para que mis hijos vean su vocación, pero ahora me cuesta aceptar que Dios está llamando a uno de ustedes”. Me escribió una carta y decía: “estoy como una gallina que quiere dejar a sus pollitos debajo de su ala, pero eso no les hace bien y tengo que dejarlos salir para que crezcan”. Los dos me dijeron: “Si vos estás feliz, nosotros estamos felices”. Yo soy la más grande de 7 hermanos y a los que más les costó aceptarlo fueron a mi hermana y mi hermano que me siguen porque éramos muy compinches y yo creo que sentían que se les iba su hermana. De todos modos, no lo tomé como un agravio a mí o a la Obra, sino simplemente que estaban creciendo y hay cosas que lleva tiempo entenderlas.

Tu profesión está ligada con las tareas del hogar, ¿cómo es eso?

Guada con todos sus hermanos, de más grandes.

Soy licenciada en Administración de Servicios por la Universidad de los Andes, de Chile. En esta carrera uno recibe las herramientas necesarias para gestionar los servicios en diferentes tipos de empresas desde su diseño hasta su ejecución. Terminado el colegio hice el CBC de Arquitectura en la UBA y ahí me di cuenta de una segunda llamada –por decirlo así- dentro de mi vocación. Vi que había personas que se dedicaban profesionalmente al cuidado de la casa y me lo planteé como una posibilidad para mí. Entonces empecé a buscar alguna carrera que se acomodara más a esto. Así llegué a la carrera de Administración de Servicios.

En la Obra, las numerarias vivimos en centros donde los servicios domésticos se gestionan desde la Administración: así denominamos al grupo de mujeres que nos dedicamos a estas tareas. La Administración es el grupo de personas que con su trabajo profesional facilitan el trabajo de las demás personas en la Obra, ya que cuando vuelven de trabajar se encuentran con la casa limpia, la ropa planchada, la comida preparada… Es decir, la Administración es la que hace que el lugar donde vivimos sea un hogar “luminoso y alegre”, como decía San Josemaría, y que cuando lleguemos nos sintamos a gusto y en familia. Mediante un trabajo organizado y en equipo se realizan todas las tareas del hogar: limpieza, lavado y planchado de la ropa, cocina, compras de supermercado, arreglos, etcétera. Somos tantas las que vivimos juntas que estas tareas no es posible improvisarlas sino que ya hay un verdadero trabajo profesional detrás.

Cuando empecé a estudiar arquitectura trabajé en una Administración porque tenía que mantenerme y ahí me di cuenta de que trabajar en las tareas del hogar era una profesión y eso me llamó mucho la atención y me gustó ver que así podía estar cerca de Dios.

Hablé con gente que estaba en el rubro para que me ayudaran a ver si efectivamente podía ser lo mío y asegurarme que tuviese condiciones para este trabajo, lo recé un montón porque implicaba abandonar arquitectura, que me encantaba, por otra actividad que me apasionaba mucho más. Después de enterarme bien en qué consistía la carrera de Administración de Servicios me fui a vivir a Chile. Gestioné una beca para irme a estudiar allá y apareció una señora a la que le debo muchísimo porque me ayudó económicamente con lo que me faltaba para poder pagarme la carrera.

¿Cuál es tu actual trabajo en la Residencia Torrealta?

Desde marzo de 2010 vivo en Torrealta. En esta residencia vivimos algunas chicas de la Obra y chicas que vienen del interior del país a estudiar a Buenos Aires. Además de estudiar lo que ellas quieren, trabajan en la administración de Torrealta o de otro centro de la Obra para pagarse su pensión y costearse los gastos que conlleva el estudio. Aquí soy la gerenta de servicios: organizo y dirijo todos los servicios de la casa para que estén bien.

Gastronomía en Torrealta

Has tenido que tomar decisiones muy importantes en tu vida y se te ve muy tranquila y feliz, ¿qué mensaje nos dejarías?

Realmente estoy muy feliz con la vida que tengo. Gracias a Dios todo lo que me ha tocado vivir lo he disfrutado muchísimo. Pero eso no implica que no me haya costado. Estoy feliz de haber vivido casi 6 años en Chile pero me costó un montón irme a vivir allá y después me costó volver. Estoy feliz de ser Administradora, pero dejar Arquitectura me costó un montonazo. La vida está llena de cosas buenas, y esto depende no tanto de las cosas que nos ocurren, sino de la actitud con que las “enfrentamos”, de los ojos con los que las miramos.

Me alegra que Dios quiera que haga las cosas que me gustan porque se hace la vida mucho más agradable. Pero siempre cuesta un poco porque hay que tomar decisiones y en esto algo se deja de lado. Cuando las cosas se hacen un poco cuesta arriba pienso que es buen síntoma, porque uno se fortalece en sus decisiones, en sus convicciones. A mí me sirvió para descubrir que la Obra realmente es una familia porque llegar a un país donde no conocía a nadie y vivir en una casa con 14 personas donde no conocía a ninguna y notar que te quieren, te ayudan, te cuidan, es impresionante. Se dice fácil, pero hay que pensar todo lo que esto tiene detrás: gente buena y que lucha por serlo. Esto me gusta mucho de la Obra, que somos una familia: si paso por alguna situación difícil siempre va a haber alguien a mi lado que me ayude, y esto es impagable.