Manu: “En mi matrimonio hay paridad total”

“Artesano y artista”. Así se define Manu, músico profesional y director de una pequeña empresa renovadora en el campo de la construcción. Toca la batería en algunas bandas de jazz, está casado y tiene dos hijos. ¿Cómo conciliar la vida de músico y la de padre de familia en un matrimonio de hoy? Manu lo explica con su fuerte acento de Marsella.

En primera persona

“La Obra ha estado siempre presente en mi vida –cuenta–, porque mis padres conocieron el Opus Dei justo después de yo naciera. Mi adolescencia fue completamente caótica: crecí en el mundo de la música, sin puntos de referencia y en compañía de lo que suelen denominarse malas compañías.

En medio de este ambiente, decidí a ir a la JMJ de París, donde me reconvertí. Fui con un grupo de chicos que iban por un centro del Opus Dei en Marsella y aquello supuso un cambio decisivo para mí. Poco después hice un retiro, y a los diecinueve años pedí la admisión en el Opus Dei como supernumerario. Me casé en el 2007 y tengo dos hijos.

Un mundo muy abierto

Soy músico profesional; baterista de jazz en concreto. No es un trabajo fácil en tiempos difíciles desde el punto de vista económico como éstos, especialmente cuando uno tiene que sacar una familia adelante. Por eso, para tener cierta estabilidad económica he puesto en marcha una pequeña empresa de diseño en el ámbito de la construcción. No son dos trabajos tan diferentes entre sí, porque, a mi modo de ver, todo artesano debe ser un artista al mismo tiempo.

Cuando toco la batería procuro hacerlo con toda la perfección de la que soy capaz, como cualquier trabajo que uno desea hacer bien. Le ofrezco al Señor ese tiempo y lucho por comenzar y terminar a la hora, por dejar de tocar cuando debo y por seguir tocando cuando no tengo ganas…

Mi profesión me lleva a estar muy unido con los músicos con los que trabajo, por una parte; y con el público, por otra. Y me facilita establecer muchas relaciones y amistades que procuro cuidar y mantener. El mundo de la música es muy abierto, y no me parece ni más fácil ni más difícil que cualquier otro a  la hora de acercar a mis amigos a Dios. Me permite estar en contacto con personas muy distintas, de la ciudad y del campo, intelectuales y no intelectuales… aunque es cierto que este vivir en la carretera constante no resulta fácil para mis colegas músicos.

Cosas que no se aprenden en un manual

Pero hace tiempo que decidí no pasarme los 360 días del año rodando por ahí… En la actualidad sólo acepto aquellas propuestas que sean verdaderamente interesantes desde el punto de vista musical y resulten compatibles con mi vida familiar. Eso me lleva a pasar bastante tiempo en casa durante la semana y a viajar muchos findes: por eso, los padres, los abuelos, y los canguros son decisivo para mí.

Es una suerte que mi mujer se dedique también a la música, porque, lo mismo que les sucede a las esposas de los militares, se necesitan unas cualidades muy especiales para soportar a un marido músico…  

Ella y yo tocábamos en la misma banda cuando nos conocimos. Cuando nacieron nuestros hijos, pusimos entre paréntesis los proyectos que habíamos hecho para tocar juntos, aunque esperamos poder llevarlos a cabo en un futuro próximo. Tenemos algunos proyectos musicales a medio plazo.

En mi matrimonio hay una paridad total: ella es profesora piano y tenemos los horarios solapados, porque los alumnos suelen ir al Conservatorio a la salida del colegio o del instituto. Se va de casa a eso de las cuatro y media de la tarde y regresa a las diez. Por eso, varios días a la semana me toca a mí a recoger a los niños del colegio, y estar con ellos hasta que se acuestan.

¿Cómo nos organizamos? La educación y la organización de una casa no se aprenden en ningún manual. Cuando decidimos casarnos y tener hijos, suponíamos que nuestras vidas iban a cambiar, aunque no sabíamos cómo. Es lo mismo que la propia santificación: una cosa es conocer la teoría, y otra, muy distinta, luchar día a día por ponerla en práctica…

Una gozada y un sacrificio

Tener hijos es una gozada, pero exige un poco de sacrificio. Tengo muchos amigos treintañeros que cuando han alcanzado un cierto nivel profesional y tienen un hijo, se ven obligados a cambiar muchos de los hábitos y costumbres que tenían, a veces muy arraigados. No es un fácil. Y para la mujer que trabaja, el trastorno es todavía mayor, porque le supone aparcar sus aspiraciones profesionales y quedarse en casa, aunque sólo sea durante por un tiempo, como en el caso de mi esposa. Es un cambio para el que hay que estar preparado.

Mi vocación a la Obra y el sentido de la filiación divina que está tan presente en el espíritu de San Josemaría, junto con el amor a  la Santísima Virgen y a San José, le dan un sentido profundo a mi vida, tan ajetreada. Pero, como decía San Josemaría: ¡vale la pena!”.