"Siento el peso de la Obra y la fuerza de Dios"

El 20 de abril de 1994, mons. Echevarría fue elegido y confirmado por el Santo Padre como Prelado del Opus Dei. Reproducimos un extracto de una entrevista realizada por Pilar Urbano ese mismo año.

Del Prelado

¿Dónde nació, cómo era su familia...?

Nací en Madrid, en la calle Fortuny, el 14 de junio de 1932. Mi padre era ingeniero, profesor de la Escuela de Ingenieros Industriales. Como ninguno de los hijos le había salido ingeniero, quiso inclinarme a mí por ahí... incluso escribió un libro pensando en mi preparación. Pero a mí me gustaban más las Humanidades. Mi padre me ayudaba a estudiar matemáticas. Y, ante cualquier problema, me explicaba tres o cuatro formas de resolverlo. Ese mismo exceso me produjo hastío hacia las matemáticas. Y opté por el Derecho.

¿Para ejercer la abogacía?

No. Yo quería ser agente de cambio y bolsa, como mi abuelo, para ganar dinero y vivir bien. Luego, Dios se metió en mi vida y cambié mis planes: aquí, en Roma, estudié Derecho Canónico en el Angelicum y Derecho Civil en la Universidad Lateranense, las licenciaturas y los doctorados.

¿Cuántos hermanos son ustedes?

Pudimos haber sido once, aunque sólo nacimos ocho. Yo soy ahora el menor de los siete que ahora vivimos. Por eso tengo casi cincuenta sobrinos-nietos. Mi familia procede de Guipúzcoa, pero ya desde los abuelos se afincaron en Madrid.

¿Cómo llega ud. a conocer la Obra?

Yo tenía un primo que era del Opus Dei, pero nunca me había interesado en preguntarle. En la revista Catolicismo apareció, en 1944, un reportaje sobre los tres primeros miembros del Opus Dei -ingenieros- que se ordenaron sacerdotes. Un amigo mío vio esa revista, en su casa, por casualidad, en 1948, y nos la enseñó a los seis o siete de la pandilla. Aquello era muy novedoso, y a mis amigos les intrigó bastante. A mí no, la verdad. Un domingo por la tarde, el 6 de junio, íbamos a ir al cine. Mi amigo me telefoneó, proponiéndome un cambio de planes: "¿te apetece que vayamos a una residencia, en Diego de León, para enterarnos de qué es el Opus Dei?". Y allá nos fuimos los seis. Nos atendieron muy bien. No en grupo, sino que cada uno pudimos hablar con un miembro de la Obra y preguntar lo que nos interesara saber. Al salir de allí, yo llevaba en el bolsillo una flamante estampa de Isidoro Zorzano, un ingeniero del Opus Dei, cuyo proceso de beatificación se acababa de iniciar. Me pareció un "santo laico" atractivo, al que se podía imitar. Esto ocurría la víspera de la muerte de mi padre. Él estaba preparándonos el veraneo familiar en San Sebastián, cuando le sobrevino un infarto. Como la noticia no nos la dieron de golpe, sino diciéndonos que estaba muy grave, recuerdo que yo recé por él, con la estampa de Isidoro.

Ese verano nos quedamos en Madrid. Nunca había sido así. Y ello me dio ocasión para frecuentar un centro de la Obra que -¡otra casualidad!- había en mi misma calle: los Echevarría habíamos vuelto a Españoleto. Y "Españoleto" se llamaba aquel piso de gente joven donde, siempre que me dejaba caer por allí, me daban algún trabajillo de la casa: lijar unas sillas viejas para repintarlas de nuevo; ayudar en la decoración; echar una mano en algún arreglo de carpintería... Me gustó eso de sentirme útil, y ser tratado como alguien que puede hacer algo por los demás. El 8 de septiembre pedí la admisión en la Obra. Yo tenía 16 años.

-¿Y qué es lo que le enganchó?

El ambiente de alegría: estudiaban y trabajaban como locos, pero estaban muy contentos. El que, sin cambiar de estado, pudiese uno santificarse con su profesión. Y el horizonte inmenso de poder llevar a Cristo a mucha gente. Desde muy pequeño era muy sociable y me gustaba tener muchos y muy buenos amigos.

-¿Cómo conoció al Fundador del Opus Dei?

El Padre vivía ya en Roma desde 1946, aunque venía a España con cierta frecuencia. En uno de esos viajes, en noviembre de 1948, nos invitaron a una tertulia con él en Diego de León. El sentimiento de filiación hacia quien es el Padre en la Obra, es un rasgo consustancial al carisma de la vocación en el Opus Dei. Sin que nadie me lo inculcase, yo estaba deseando conocer al Padre. Al acabar aquella tertulia -seríamos unos treinta y cinco-, el Padre se dirigió a los tres que éramos más recientes y nos propuso ir esa misma tarde con él a conocer Molinoviejo, una casa en pleno campo de Segovia, para convivencias y retiros.

Nos metimos seis en un viejo Vauxhall. Detrás iba el Padre. Yo, delante, compartiendo el asiento con otro. Conducía el doctor Odón Moles. Durante el trayecto hicimos de todo: charlamos, cantamos, reímos, rezamos... El Padre nos hablaba de innumerables apostolados que la Obra tenía que hacer por todas las partes del mundo, y que nos estaban esperando. Con su voz de barítono, bien timbrada y bien modulada, cantaba canciones de la calle, canciones de amor que él enderezaba hacia Dios: "tengo un amor que me llena de alegrías...". Nos gastaba bromas: cuando en una revuelta de la carretera se dibujaba una casucha vieja, fea, destartalada, nos decía: ¡mirad!... ¡eso es Molinoviejo!" Caímos en la trampa un par de veces. Ah, bueno, yo me mareé, devolví... y como iba de negro por el luto de mi padre, me puse perdido. Me ayudó a limpiarme, me quitó el azaro por la situación, hizo que viajásemos con la ventanilla abierta, a pesar de estar en noviembre, y me mostró tantísimo cariño que, realmente, me sentí atendido, no ya por un padre, sino por un padrazo.

En Molinoviejo pasamos a ver la ermita y el oratorio. Unos cuantos universitarios, dirigidos por un alumno de Bellas Artes, lo estaban decorando. En el respaldo de madera de la sillería corrida habían grabado unas advocaciones marianas tomadas de la letanía. Me impresionó la ternura y la fuerza del amor del Padre hacia la Virgen: al ir leyéndolas, las pronunciaba, una a una, con voz cálida y vibrante, como piropeando a una mujer que se ama. Aquello era, a la vez, muy delicado y muy recio, muy espiritual y muy viril. Se notaba que, cuando decía esas frases, el Padre estaba rezando.

  • Pilar Urbano. Época.