Carta del Prelado (noviembre 2011)

Presentar la fe a los demás, especialmente con la propia vida, es un "deber gozoso" para todos los cristianos, dice Mons. Echevarría en su carta de noviembre.

Cartas pastorales

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Con el mes de noviembre, la Iglesia nos invita a levantar la mirada más allá del horizonte terreno. La solemnidad de Todos los Santos, que hoy celebramos y, mañana, la conmemoración de los fieles difuntos, nos hablan de que Dios nos ha creado para servirle y alabarle en la tierra y gozar de Él eternamente en el Cielo. La vida terrena, por larga que sea, se queda en un brevísimo instante en comparación con la eternidad. Enseña uno de los salmos: ¡el hombre! Como el heno son sus días: florece como flor silvestre; sobre él pasa el viento y no subsiste, ni se reconoce más su sitio. Pero la misericordia del Señor dura desde siempre y para siempre con los que le temen[1]. Muchas veces he oído comentar estas palabras a nuestro Padre, coronándolas con el vultum tuum, Domine, requiram![2].

Lo único definitivo, lo que de verdad vale la pena, es llegar a la casa del Padre, donde Jesucristo ha ido para prepararnos una morada[3]. Lo saben bien las almas bienaventuradas que ya gozan de la visión beatífica en el Cielo; y ansían llegar allí las que se purifican en el Purgatorio antes de ser admitidas en la gloria.

Estas conmemoraciones litúrgicas, y todo el mes que comenzamos, constituyen una buena ocasión para hacer un examen de conciencia más profundo, reavivando las ansias de Dios y rectificando lo que haya que rectificar. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?[4]. Estas preguntas de Nuestro Señor deberían estar muy presentes en nuestras jornadas e iluminar todo nuestro actuar. Porque, ¿qué aprovecha al hombre todo lo que puebla la tierra, todas las ambiciones de la inteligencia y de la voluntad? ¿Qué vale esto, si todo se acaba, si todo se hunde, si son bambalinas de teatro todas las riquezas de este mundo terreno; si después es la eternidad para siempre, para siempre, para siempre? (...). Mienten los hombres, cuando dicen para siempre en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el para siempre cara a Dios; y así has de vivir tú, con una fe que te ayude a sentir sabores de miel, dulzuras de cielo, al pensar en la eternidad que de verdad es para siempre[5].

Una mirada al mundo nos mueve a considerar con dolor que son muchos —hombres y mujeres, jóvenes y ancianos— los que recorren las sendas terrenas sin apenas considerar su destino eterno. Otras inquietudes y necesidades ocupan casi por completo su horizonte vital; y, a veces sin culpa propia, desconocen la dignidad a la que Dios los llama, la felicidad sin término a que los convoca. Tú y yo, cada cristiano consciente de la grandeza de su vocación, no puede permanecer indiferente ante la suerte de esas muchedumbres que no conocen a Dios o lo ponen entre paréntesis. Ante esta realidad, no caben pesimismos. Hemos de rogar al Señor que nos llene de su celo y que seamos conscientes de que, con la oración y la mortificación, nos acercamos hasta el último rincón del planeta. ¿Queremos a toda la humanidad? ¿Cómo reaccionamos ante las noticias de países lejanos?

En la Carta apostólica publicada días atrás, convocando un año de la fe para dentro de algunos meses, Benedicto XVI reafirma esta responsabilidad fundamental de los fieles católicos. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cfr. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en Él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cfr. Jn 4, 14)[6]. El pensamiento de la Comunión de los santos, tan vivo en las próximas semanas, nos impulsará a pedir a la tercera Persona de la Santísima Trinidad que acreciente en cada uno el deseo de acercarle muchas almas. Ure igne Sancti Spiritus!, clamamos con la invocación que tanto removía a nuestro Padre. ¡Quémanos, Señor, con el fuego del Espíritu Santo! Que tu acción en nuestras almas —luz en la inteligencia, decisiones operativas en la voluntad, fortaleza en el corazón— nos impulse a un apostolado constante, aprovechando todas las ocasiones —y sabiendo crear ocasiones nuevas— para ayudar a que se acerquen a Dios las gentes con quienes nos encontremos.

Hemos de empeñarnos diariamente en la tarea apostólica con renovado ardor. Debemos descubrir de nuevo —prosigue el Papa— el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y con el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cfr. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura hasta la vida eterna” (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que le escuchaban es también hoy la misma para nosotros: “¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?” (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: “La obra de Dios es ésta: que creáis en el que Él ha enviado” (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación[7].

Fijémonos, como siempre, en la figura amabilísima del Redentor. Es preciso creer en Él, nuestro Dios y Salvador, que quiere llevarnos a la gloria de Dios Padre con la asistencia del Espíritu Santo. Tan intensamente lo desea, que en una ocasión manifestó a sus discípulos: ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?[8]; he venido a prender fuego en la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?

Estas palabras espolearon el alma de san Josemaría desde muy joven. Durante años, me encendía en amor de Dios la consideración del afán de Jesús por incendiar el mundo con su fuego. Y no podía contener dentro de mí aquel hervor que se abría impetuosamente en mi alma y que, expresándose en las palabras mismas del Maestro, salía a gritos de mi boca: ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?... Ecce ego quia vocasti me (Lc 12, 49; 1 Re 3, 9); he venido a poner fuego en la tierra, ¿y qué quiero sino que arda?... Aquí estoy, porque me has llamado[9]. Y añadía que, para su alma, esas palabras eran un acicate: que lo sean también para vosotros; que no estéis nunca apagados; que os sepáis portadores de fuego divino, de luz divina, de calor de cielo, de amor de Dios, en todos los ambientes de la tierra[10].

Pidamos al Paráclito que encienda nuestros corazones; que nos haga experimentar, con Cristo, el celo por la salvación de todos. Aquel ignem veni mittere in terram!, he venido a la tierra a pegarle fuego, nos debe quemar el alma. Y hemos de estar decididos, absolutamente decididos, a decir al Señor: ecce ego quia vocasti me! (1 Sam 3, 8), ¡aquí me tienes!, porque me has llamado a ser cristiano. ¿Padre de familia? Padre de familia. ¿Hijo de familia? Hijo de familia. ¿Madre de familia? Madre de familia. Pero pegando fuego a todo lo que toquéis. Si no prendéis fuego a lo que tenéis alrededor, vosotros mismos os quemaréis tontamente, para dejar sólo unas cenizas, en lugar de una brasa de luz y calor[11].

El apostolado, gozoso deber para los cristianos, nos impulsa a continuar la misión de Cristo que lleva a cabo la Iglesia, cada uno desde su situación en el Cuerpo místico. El buen ejemplo, siempre fundamental, tiene particular importancia en los momentos actuales. Puede haber personas alejadas de Dios, o de la práctica religiosa, que no admitan una conversación de contenido sobrenatural o simplemente espiritual. Pero el testimonio de una conducta recta —en la vida personal, familiar, profesional, social— no pasa nunca inadvertido. Esas mujeres y esos hombres, aunque quizá no lo reconozcan abiertamente, con frecuencia se interrogan en su corazón por las razones de esa conducta; y así comienzan ya a abrirse a la luz del Señor. Con su misma existencia en el mundo —escribe el Papa—, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó[12]. En este sentido, como sugiere Benedicto XVI, el estudio o repaso del Catecismo de la Iglesia Católica adquiere una importancia particular: para conocer mejor la fe y sus consecuencias, y comunicarlas a otros. No dejemos de acudir a esa fuente y de recomendarlo a quienes tratamos.

La fe no se agota en el conocimiento de las verdades contenidas en el depósito de la revelación, sino que requiere, por su propio dinamismo, manifestarse exteriormente. Como enseña san Pablo, la fe per caritatem operatur[13], actúa por medio de la caridad; y la caridad se muestra en hechos concretos de servicio a los demás, de atención, de interés por sus cosas, comenzando por los más cercanos. La primera manifestación se traduce en desear lo mismo que quiere Dios: que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad[14]. En una palabra, comunicar la fe recibida. Es el objetivo que el Papa señala en su reciente carta apostólica, pues sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no parece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y de los valores inspirados por ella, hoy no aparece que sea así en vastos sectores de la sociedad[15].

Durante toda su vida, san Josemaría predicó la necesidad de empapar con la fe los pensamientos, las palabras y las obras. Insistía en que, al entrar en contacto con otras personas, deberíamos plantearnos enseguida el modo de ayudarles a acercarse a Dios. Solía poner una comparación. ¿Os fijáis en cómo hay en los hombres todos —también en ti y en mí— como un prejuicio psíquico, una especie de psicosis profesional? Cuando un médico ve por la calle a otra persona que pasa, sin darse cuenta piensa: “esa persona anda mal del hígado”. Y si la mira un sastre, comenta: “¡qué mal vestido, o qué bien, qué buen corte!”. Y el zapatero se fija en los zapatos... Y tú y yo, hijos de Dios, dedicados a servir a los demás en el mundo, por amor del Señor, cuando contemplamos a las gentes, tenemos que pensar en las almas: he aquí un alma —hemos de decirnos—, un alma que hay que ayudar, un alma a la que se debe comprender, un alma con la que hemos de convivir, un alma que hay que salvar[16].

Es lógica esta manera de proceder, porque quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia Él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla[17]. Así se han comportado los seguidores fieles del Señor en todas las épocas. «Cuando descubrís que algo os ha sido de provecho —predicaba san Gregorio Magno—, procuráis atraer a los demás. Tenéis, pues, que desear que otros os acompañen por los caminos del Señor. Si vais al foro o a los baños, y topáis con alguno que se encuentra desocupado, le invitáis a que os acompañe. Aplicad a lo espiritual esta costumbre terrena y, cuando vayáis a Dios, no lo hagáis solos»[18].

Pensemos que, a pesar del clima de dejadez y relativismo, en el corazón de todos hay un hambre de eternidad que sólo Dios puede satisfacer. Esta realidad puede constituir un firme punto de apoyo para renovar diariamente el afán apostólico, sabiendo que el Señor desea servirse de los cristianos, de ti y de mí, como instrumentos para llevar al Cielo a otros. Aunque nos veamos y seamos realmente poca cosa, nos hemos de encender en el deseo y en la realidad de llevar la luz de Cristo, el afán de Cristo, los dolores y la salvación de Cristo, a tantas almas de colegas, de amigos, de parientes, de conocidos, de desconocidos —sean cualesquiera sus opiniones en cosas de la tierra—, para darles a todos un buen abrazo fraterno. Entonces seremos rubí encendido, y dejaremos de ser esta nada, este carbón pobre y miserable, para ser voz de Dios, luz de Dios, ¡fuego de Pentecostés![19].

En los días pasados, he estado en Pamplona para presidir la investidura de algunos doctorados honoris causa por la Universidad de Navarra. Luego, en Madrid, he tenido reuniones con millares de fieles de la Prelatura, cooperadores y amigos. He pedido a la Trinidad Santísima que renueve en todos el afán apostólico, colaborando en la nueva evangelización de la sociedad con su apostolado personal de amistad y confidencia, y también promoviendo actividades formativas que lleven el mensaje de Cristo a todos los ambientes.

Antes de terminar, os pido oraciones por los treinta y cinco hermanos vuestros que recibirán la ordenación diaconal el próximo día 5, en Roma. Pedid para ellos, y para todos los ministros de la Iglesia, un corazón a la medida del Corazón de Cristo.

Sigamos muy unidos al Romano Pontífice y en comunión con los Obispos diocesanos. Agradezcamos al Señor los frutos espirituales que otorga a la Iglesia mediante la labor apostólica de los fieles de la Obra. Lo haremos especialmente el próximo día 28, aniversario de la erección del Opus Dei en prelatura personal. Que nuestro reconocimiento llegue a Dios por manos de la Santísima Virgen.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de noviembre de 2011.

[1] Sal 102 [103] 15-17.

[2] Cfr. Sal 26 [27] 8.

[3] Cfr. Jn 14, 2-3.

[4] Mt 16, 26.

[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 200.

[6] Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, 11-X-2011, n. 3.

[7] Ibid.

[8] Lc 12, 49 (Vg).

[9] San Josemaría, Carta 9-I-1959, n. 9.

[10] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 12-II-1975.

[11] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 9-II-1975.

[12] Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, 11-X-2011, n. 6.

[13] Gal 5, 6.

[14] 1 Tm 2, 4.

[15] Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, 11-X-2011, n. 2.

[16] San Josemaría, Notas de una meditación, 25-II-1963.

[17] Benedicto XVI, Homilía, 21-VIII-2005.

[18] San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, I, 6, 6 (PL 76, 1098).

[19] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 2-VI-1974.