Hablan los ordenandos

Guillermo, Mario, Gilberto, Giovanni y Dean JohnPaul son cuatro de los 35 candidatos que el sábado recibirán la ordenación sacerdotal. En cuatro entrevistas, reflexionan sobre el camino que les ha traído hasta hoy.

En primera persona

GUILLERMO: EN TAIWÁN SE DESCUBRE LA "FRESCURA DE LA FE"

Hace unos años, te fuiste a vivir a Taiwán, ¿por qué?

Desde niño me atrajeron otras culturas. En casa oíamos hablar de otros países, y teníamos muchos libros con historias de tierras lejanas. Creo que ahí empezó el cerebro a interesarse por ese tipo de cosas.

Y te quedaste con Oriente.

Cuando tenía unos cinco años me regalaron el cuento "Jim Botón y Lucas el Maquinista", de un famoso cuentista alemán. El protagonista llega a China después de un largo viaje. Los dibujos se quedaron impresos en mi memoria. Después, cuando estudiaba ingeniería, tenía un amigo que empezó a estudiar chino y la caligrafía me llamó la atención. Además, comenzaba entonces a verse la importancia que ese idioma tomaría con el tiempo.

¿Qué otros elementos apreciaste de la cultura china?

El arte es muy particular. Destrás de cada obra hay un hombre, y muchas veces una cultura entera. El arte puede hacer ver aspectos del hombre que otros ámbitos no logran descubrir. También he podido descubrir personajes muy interesantes, como Xu Guangqi, un matemático y científico del siglo XVI, que hace de puente entre oriente y lo que en aquella época se consideraba occidente.

Y tú, ¿qué has descubierto en Taiwán?

 

Primero, mis limitaciones. En circunstancias tan distintas se vuelven más evidentes. Después, me ha sorprendido el valor de la amistad, y cómo son capaces de trabajar mucho y bien.

 

Como sacerdote, ¿qué lugar tiene la fe en esas tierras?

 

En los países donde menos gente se ha encontrado con Jesús, el mensaje llega de manera más fresca que en otras tierras, donde pensamos que ya oímos todo.

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GIOVANNI: CUANDO EL JUEGO SE HACE DURO...

Giovanni Zaccaria nació en Roma hace 33 años. Estudió Medicina en la Universidad de Verona, donde ha vivido varios años. Hizo la tesis doctoral en Cardiología.

¿Por qué estudiaste Medicina?

Mi madre murió cuando yo estaba preparando los exámenes para entrar en la universidad. Ella siempre me había visto como médico: quería que fuese útil a los demás. Su enfermedad me hizo ver cuánto se puede ayudar a una persona, aun aquellas que se enfrentan irremediablemente a la muerte.

¿Cómo llega un médico a ser sacerdote?

Es Dios quien te lleva. Al mirar atrás me doy cuenta de que, para llegar hasta aquí, ha habido una continuidad. Dios ha puesto en mi vida el ejemplo de personas que me han precedido en la entrega: mi madre, que con una carrera de biología lo dejó todo por cuidar a su familia; el sacerdote de mi parroquia, al que ayudaba a Misa antes de ir al colegio; algunos médicos que traté durante la carrera... En ellos veo que Dios me iba haciendo ver su voluntad, poco a poco.

¿Y qué has descubierto?

Esas personas me han hecho descubrir lo que quiero: servir, servir a los demás, que Cristo pueda servir a los demás a través de mí: esa es mi gran ilusión.

El sacerdocio es siempre un camino difícil...

Recuerdo la frase de una película que gustaba a mi padre: “Cuando el juego se hace duro, los duros comienzan a divertirse”. El mundo ahora es duro, nos hemos endurecido: sufrimos, rechazamos a Dios, pensamos sólo en nosotros mismos, en estar bien aquí y ahora... Por eso, es el momento de comprometerse, de hacer lo que esté en tu mano para que las cosas mejoren... divirtiéndose, si es posible.

¿Y qué está en tu mano? ¿cómo esperas ayudar?

Además del trabajo que desarrolla cualquier sacerdote –dirigir espiritualmente, ofrecer los sacramentos, etcétera-, me hace especial ilusión mi trabajo en el instituto de Liturgia en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. Mi labor consiste en enseñar a otros sacerdotes a descubrir la belleza de las celebraciones: de la misa, de los sacramentos... Y ayudando a los sacerdotes, sé que estoy llegando a mucha más gente: el beneficio se multiplica. En segundo lugar, yo sigo llevando un médico dentro: por eso tengo la esperanza de poder ayudar a muchas personas a encontar a Cristo en la enfermedad.

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MARIO: TRAS LAS SEÑALES QUE DA LA VIDA

Mario Pagani, 54 años, nació en San Miguel (Argentina). Como ingeniero, ha trabajado 18 años en Bolivia, dirigiendo dos ONG especializadas en la ayuda a campesinos y aymaras del altiplano.

¿Cómo afrontas la ordenación?

Con agradecimiento a Dios. Al echar la mirada atrás, veo que en mi vida el Señor me ha ido poniendo señales, para que yo las siguiera y recorriera su camino. Ahora, como sacerdote, me pregunto: ¿cómo he llegado hasta aquí? Y no puedo evitar que me vengan a la cabeza diversos flashes del pasado: los tirones que Dios me daba para atraerme hacia Él.

¿Cual es el primer flash?

Cuando era un adolescente un poco alocado, fui descubriendo el mundo –junto con amigos como Luis, un compañero del colegio La Salle y Carlos, un amigo del barrio-. A esa edad percibes, por ejemplo, que existen las chicas, que el amor humano es algo grande. Al mismo tiempo, alguien me enseñó a rezar el rosario, a tratar a la Virgen María. Percibí que mi corazón se podía ir llenando a la vez de muchas cosas, también de las de Dios.

¿Y después?

Un segundo paso hacia Dios ocurre en una época en que trabajaba como disc jockey en la discoteca VIP, junto con Pepe y Jorge, dos grandes amigos. Por aquella época practicaba la fe con más regularidad: iba a misa casi todos los domingos. Y allí, entre una canción y otra, un día que había poca gente, uno de mis amigos me hizo una pregunta inesperada: “Mario, explícame el Padrenuestro”, me dijo Juan Carlos. Aquello me dio que pensar: ¡estábamos en el lugar más divertido de la ciudad, y sin embargo no bastaba! La gente seguía inquieta, buscando la felicidad en las actividades más normales.

Luego empezó la etapa de trabajo en Bolivia

Sí, empecé a dar clases en un colegio en un colegio recién inaugurado. Ya desde mi etapa en la universidad pertenecía al Opus Dei, y sentía la urgencia de hablar de la fe a mis compañeros. Cuando inicié mi trabajo como profesor, me di cuenta de que las dudas sobre Dios y sobre la relación con los demás están muy presentes en los chicos. Por su cuenta, me abrían su corazón y podía ver en ellos la misma sed de Dios que yo había probado. Aquello era otra señal: sin la gracia de Dios, nos faltará siempre algo para ser felices.

¿Más flashes?

Sí, claro: tuve la fortuna de compatibilizar la enseñanza escolar con proyectos de desarrollo agropecuario. En el altiplano boliviano, muchos agricultores no obtienen buenas cosechas por falta de conocimientos agrícolas, de sistemas de riego, etcétera. Así que varias personas pusimos en marcha la ONG Ayni, que en aimara significa “ayuda mancomunada”. Se trataba de que los agricultores, con nuestro consejo y diseñando juntos los proyectos que necesitaban, se ayudasen entre sí en beneficio de todos. Después, procurábamos conseguir parte del financiamiento para relizarlo.

¿Y de ahí al sacerdocio?

Yo pensaba que para ayudar a los aymaras bastaba cubrir cinco necesidades básicas: salud, agua, educación, electricidad y caminos. Y sin embargo, me sorprendió saber que algunos subían solos a los cerros y, en lo más alto, rezaban dos, tres horas. Contaban al cielo lo que llevaban dentro: sus desilusiones, sus alegrías, sus penas, sus esperanzas... ¡Tenían una necesidad básica: la vida interior! Y ahí, mi trabajo como ingeniero tenía sus límites. En cambio, como sacerdote, será Dios quien les ayude a través de mí.

¿Cómo?

Dios quiere que hagamos llegar a otra mucha gente la felicidad que Él transmite. Eso es lo que deseo como sacerdote: repartir entre los hombres los regalos que el Señor distribuye a través de sus sacerdotes y procurar que ellos se preparen lo mejor posible para aprovechar bien esos regalos.

Así pues, ¿se acabaron las señales?

¡No creo! Con gusto seguiré las pistas que Dios me marque en adelante... ¿Hacia dónde? Hacia donde Él quiera.

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GILBERTO: CAMBIO DE PLANES Gilberto Garrido, de 50 años, nació en Venezuela, aunque también tiene la nacionalidad colombiana. Tras varios años de trabajar en ingeniería de la construcción ha decidido cambiar sus planes.

Primero, Venezuela...

Nací en San Cristobal, aunque como mi padre es militar, pronto nos trasladamos a otras ciudades: Caracas, Ciudad Bolivar... Al terminar el bachillerato en Caracas me fui a estudiar Ingeniería Civil a Maracay: fue entonces cuando conocí el Opus Dei.

¿Por qué elegiste esos caminos?

La ingeniería porque me encantan las construcciones; desde pequeño, me fascinaba ver tres o cuatro pisos de carreteras sostenidas simplemente por unos pilares. Y el Opus Dei porque me gustó saber que edificar puentes y carreteras servía sobre todo para acercarme a Dios y servir a los demás.

¿Como fueron tus primeros pasos en el mundo laboral?

Primero trabajé en una fábrica de prefabricados para la construcción; luego, en el servicio de Ingeniería militar, revisando sus instalaciones. Al mismo tiempo, de noche iba a dar clases en la Universidad donde estudié. Unos años después me trasladé a Maracaibo, donde también ejercí la docencia en la Facultad de Ingeniería.

Pero hay un viaje a Colombia...

Efectivamente, surgió la posibilidad de ir a trabajar en Colombia, y allí me quedé. Pero tampoco en este país las ciudades me duraban mucho: trabajé en Medellín, Bogotá, Cali, Cartagena de Indias...

Y ¿cómo es que un ingeniero de construcción lo deja todo?

No es una decisión de la noche a la mañana. Quien practica la fe, percibe la necesidad de Dios que hay en el mundo. Y para acercarse a Dios, hacen falta sacerdotes.

Pero, ¿cómo surge esa llamada?

A mí, como ingeniero, me gusta planearlo todo: como casi todo el mundo, tenía mi proyecto profesional, familiar, y el sacerdocio no entraba en esos planes (aunque lo había considerado siendo niño). Lo tenía todo, pero a la vez no tenía nada. Pero un día, en misa, se leyó un texto de Isaías en el que Dios dice: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”. ¡Aquello me entró en el corazón, directo! Desde entonces, esas palabras resunan en mis oídos.

¿Fue un cambio repentino?

No. Fue una inquietud que Dios sembró dentro y creció poco a poco. Pero el sabor de aquella frase no lo olvidaré nunca. A veces lo que Dios quiere no se presenta de modo claro. Hay que buscar, pensar, rezar. Finalmente, tuve la oportunidad de venir a Roma a estudiar teología, y cambiar mis planes.

¿Adios a la ingeniería?

Siempre llevaré un ingeniero dentro. Es un trabajo precioso que enseña tantas virtudes: el orden, la precisión, la creatividad, la constancia... Ahora entiendo que ver aquellos puentes de niño y enamorarme de la ingeniería también formaba parte de los planes de Dios.

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DEAN JOHNPAUL, REBELDE CON CAUSA

Dean Johnpaul es de Filipinas. Tras acabar sus estudios de Económicas en la University of Asia and the Pacific, trabajó como executive assistant en esa misma universidad. Tiene 30 años.

¿Qué te ha llevado al sacerdocio?

Inicialmente, escogí la carrera de económicas y luego, cuando empecé a trabajar, me dediqué a tareas de comunicación interna. Pero Dios ha querido otra cosa y estoy feliz de seguirle: quiere que administre la gracia y ayude a crear unidad en su Iglesia.

¿Es una idea que ya tenías de joven?

De joven era bastante rebelde. Mi primer nombre es Dean, y como James Dean, ese rebelde sin causa. Me gustaba mucho el mundo de la calle: estar con los amigos, jugar a baloncesto... no rezaba mucho, sinceramente.

¿Cómo te acercaste a la fe?

Un día en la Universidad un amigo me invitó a un retiro espiritual. Me lo ofreció con tal sencillez, que pensé: ¿por qué no? Yo pensé que serían días donde nos dirían qué hacer, con normas muy marcadas... pero no, la mayoría del tiempo cada uno meditaba por su cuenta. Me sorprendió la libertad que tenía cada uno para tratar a Dios. Esa era la libertad que yo quería.

¿Qué puedes ofrecer a la Iglesia en tu país?

En Filipinas faltan muchos sacerdotes. Los que hay son heróicos, pero no dan a basto. Así que voy a ayudar a mis hermanos. Estos años en Roma, junto al Papa y junto al Prelado del Opus Dei, han sido un tesoro que distribuiré entre mucha gente. Filipinas está lejos de Roma, por eso sé el valor que tienen estos años.