San Josemaría en Argentina

El 7 de junio de 1974, el fundador del Opus Dei llegó a la Argentina con el deseo de realizar una intensa labor de catequesis. Durante su estancia en el país se reunió repetidas veces con personas del Opus Dei, familiares y amigos.

Del Opus Dei

El tiempo era seco y frío. De camino hacia La Chacra, la casa de retiros en que iba a residir durante su estancia en Argentina, el Padre preguntaba por todo lo que le llamaba la atención. Pedía datos a los que le acompañaban en el coche. Se informaba y reconstruía mentalmente la imagen del país y de las gentes.

El fundador del Opus Dei permaneció del 7 al 28 de junio en Argentina. Primero encontrando en La Chacra a centenares de personas. La sala de estar se llenaba y se vaciaba a diario con gente de la Obra, cooperadores y amigos, sacerdotes o seglares. Personas de todas las edades, jóvenes y menos jóvenes, padres y madres de familia, procedentes de ciudades argentinas, de Uruguay y Paraguay. 

Por el jardín de La Chacra, san Josemaría junto a sus colaboradores: a su derecha Don Álvaro del Portillo, su primer sucesor; a su izquierda Don Javier Echevarría, actual Prelado del Opus Dei

El miércoles 12 de junio fue en romería al Santuario de Nuestra Señora de Luján, Patrona de Argentina. Los ratos de tertulia que el Padre consideraba un regalo del Cielo. Les transmitía el espíritu del Opus Dei.

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¡Estoy tan contento! ¿Vosotros pensáis lo que es tener veintiséis años, la gracia de Dios, buen humor, y nada más; y unas campanas que se oyen, y el querer de Dios, con todo aquello que era un imposible, sin ningún medio humano; y ponerse a soñar, y después verlo realizado en todo el mundo?.

Por entonces se preparaban las grandes tertulias, a las que asistiría el público en general: familias y amigos de los miembros de la Obra y otras muchas personas que poco sabían del Opus Dei. Las gestiones para conseguir los locales no fueron nada fáciles. En el Centro de Congresos General San Martín consiguieron milagrosamente dos fechas: el 15 y el 16 de junio. Se buscaron recintos de gran aforo. El del Colegio de Escribanos, céntrico y bien instalado, se dispuso para los días 18 y 21, que eran jornadas de trabajo. Otro de los locales que decidieron alquilar fue el Teatro Coliseo. Pídanlo si se les antoja, acaso lo consigan —les dijo un entendido—, pero no lo llenan. Los días 23 y 26 estaba a rebosar, superaban el aforo y pasaban de cinco mil los asistentes. Gracias a Dios, de esas tertulias quedaron muchos rollos de película, una espléndida colección de documentos filmados de la catequesis del Padre en América, comenzando con algunas reuniones en Brasil.

Solía hacer el Padre la apertura del acto con unas palabras cordiales o un breve comentario religioso. Era el preludio a la conversación. Inmediatamente surgían las preguntas entre los asistentes. Los micrófonos y un sistema de luces rojas repartidas por la sala indicaban dónde estaba la persona que quería hablar. No se ponía coto a las intervenciones, aunque sí se respetaba la prioridad de quien se hacía con el micrófono. De manera que el Padre era blanco de lo fortuito. No podía hurtarse a las preguntas y contestaba como Dios le daba a entender. Y era evidente que le soplaba el Espíritu Santo, porque sus palabras dejaban paz y alegría en el alma de quienes buscaban solución a sus penas.

Por lo común, los temas que se trataban eran la familia y la educación de los hijos, la vida de piedad, la claridad de ideas en medio del confusionismo doctrinal, la tarea apostólica, la confesión... En las tertulias generales las preguntas eran más heterogéneas y las historias personales no siempre color de rosa. De vez en cuando, perdida entre la muchedumbre, se oía una voz que pedía socorro. El domingo, 23 de junio, en el Teatro Coliseo una mujer consiguió hacerse con el micrófono. Había perdido un hijo. Pertenecía a la Obra y quería que el Padre explicase a todos con qué paz y alegría se lleva el dolor en el Opus Dei, cuando el Señor lo pide. Les habló el Padre de que Dios no es un tirano ni se porta como un cazador, apostado para pegar un tiro de muerte a la pieza. Dios se lleva a los seres queridos para que gocen de su gloria y de su Amor. Siguió consolando a aquella mujer, pero al darse cuenta de que la emoción prendía en la sala, buscó otra pregunta.

El fundador del Opus Dei en La Chacra, casa de retiros donde se alojó en 1974, durante su estancia en Argentina

Se encendió una luz roja al fondo del teatro y se oyó la voz de una anciana, que trataba de leer un papel, y no acertaba:

— «Padre, le pido a Jesús que haga el milagro de Naím». Se hizo un gran silencio en la multitud, porque aquella mujer, con voz ahogada, rompió a llorar. Entonces el Padre acudió en su ayuda, mientras corría por la sala un escalofrío de expectación.

Dime, dime y con calma. Su vecina de asiento cogió el papel y el micrófono y leyó:

— «Le estoy pidiendo a Jesús que repita el milagro de Naím. Soy viuda, y tengo un hijo único que me ha dado la alegría más grande de mi vida cuando se ordenó sacerdote, y la pena más grande también, porque le veo ir muy mal ahora. Quisiera pedirle que usted encomiende la fidelidad para él y la fortaleza para que yo pueda ayudarle».

Hija, sí; quiérelo más. Quiere mucho a tu hijo. Quizá es que no rezamos bastante... Tú sí rezas mucho; yo rezaré más. Los que rezamos somos pocos, y rezamos poco; y hemos de rogar mucho por los sacerdotes, ¡por todos los sacerdotes! Tu hijo saldrá adelante; será un gran apóstol. Reza, pide. Ya eres escuchada; pero el Señor quiere que reces más. Mi oración se une a la tuya; y estoy seguro de que los corazones de éstos, de todos éstos, desde allá arriba hasta el último, están removidos con el mismo deseo de pedir al Señor que tu hijo sea un santo; y lo será.

San Josemaría Escrivá contagiaba su alegría y animaba con su cariño y fortaleza

Es que hay como una especie de enfermedad. Tú has puesto en tu hijo, con la gracia del Señor, el germen de la vocación en el alma. Sigue pidiendo que esa semilla no sea infructífera. Lo verás echar ramas, flores y frutos de nuevo. Quédate tranquila, hija mía. ¡Todos contigo, y con tu hijo, que merece cariño y comprensión! Es una enfermedad que hay por ahí. Vamos a pedir al Señor por los sacerdotes, por la santidad de los sacerdotes. Eres una mamá valiente. ¡Que Dios te bendiga! ¡El Señor te escucha! ¡Tranquila!.

Para el Padre el asunto no quedó en una simple promesa de oraciones. La petición de aquella madre la llevó clavada en el alma. Y, en el viaje de regreso a La Chacra, el Padre volvió más callado que lo habitual: se le veía rezar y, de tanto en tanto, decía a don Emilio (el Consiliario) que se intentara ayudar a ese sacerdote que no anda bien. Se veía muy claramente cómo le duele esto al Padre».

El 26 de junio, en el Coliseo, tuvo lugar la última de las grandes tertulias. Uno de los temas largamente tratados por el Padre fue el de la Comunión de los Santos, gracias a la cual podemos tener aquí —les aclaraba— esta conversación tan afectuosa. Hermanos vuestros están rezando en todo el mundo:

Formamos una gran Comunión de los Santos: nos están enviando a raudales la sangre arterial y llena de oxígeno, pura, limpia: por eso podemos conversar así, por eso estamos a gusto.

Veía brillar en la mirada de todos una petición: Padre, quédese.

Hijos míos, gracias, gracias a Dios, gracias a vosotros, y gracias a Santa María de Luján: porque he venido, y porque me iré, pero volveré; y, además, me quedaré.

San Josemaría se reunió en varias oportunidades con gran cantidad de personas que fueron a Buenos Aires de diferentes ciudades del país -y también de Paraguay y Uruguay- para estar, aunque fuera unas horas, con él

La víspera de su partida para Chile la pasó en La Chacra.

A media tarde tuvo una tertulia, la última, con sus hijos, la mayoría muy jóvenes. Y uno de ellos le preguntó por qué se iba. El Padre le contestó inmediatamente: Porque no tengo el don de la ubicuidad, y tendría que estar en todos los sitios. Por eso. Pero yo no me voy. Me quedo. Me quedo con vosotros, con todos. A continuación hizo un breve recorrido por los puntos esenciales del espíritu del Opus Dei. Lo dejaba confiadamente en sus manos, como un testamento.

Y nada más. No tengo nada más que deciros. ¡Ah, sí! Que queráis mucho a San José. No le separéis nunca de Jesús y de María.

Del libro El Fundador del Opus Dei. III. Los caminos divinos de la tierra, Andrés Vázquez de Prada